La estabilidad cambiaria convive con una inflación que se resiste a bajar y genera un efecto silencioso pero persistente: la apreciación del tipo de cambio real. En ese contexto, un informe del IDESA advierte que la mayor parte de los dólares que ingresan al país no se canalizan hacia la producción, sino que terminan siendo atesorados por las personas.
El diagnóstico parte de un dato concreto: mientras el dólar oficial se mantiene relativamente estable —pasó de superar los $1.400 en octubre de 2025 a ubicarse en torno a $1.370 en marzo de 2026— la inflación acumulada en ese período fue del 15%. Esto implica que, para sostener el mismo nivel de competitividad cambiaria, el tipo de cambio debería ubicarse por encima de los $1.600.
Esa apreciación gradual del peso, combinada con crédito escaso y caro y una estructura impositiva distorsiva, configura un escenario adverso para amplios sectores productivos. Los datos del Estimador Mensual de Actividad Económica (EMAE) reflejan esta dinámica desigual: mientras el agro, la energía y la minería crecen, la industria, el comercio y los servicios vinculados al consumo urbano muestran caídas interanuales.
Dólares que entran… pero no circulan
El informe de IDESA pone el foco en el balance cambiario del Banco Central de la República Argentina para el primer bimestre de 2026. Allí se observa que:
- El superávit comercial de bienes alcanzó los US$ 4.000 millones.
- Los préstamos externos a empresas sumaron US$ 3.800 millones.
- El atesoramiento de personas humanas llegó a US$ 4.900 millones.
La conclusión es directa: las principales fuentes de ingreso de divisas —exportaciones netas y endeudamiento— se destinan, en gran medida, a la compra de dólares para ahorro.
Según IDESA, este comportamiento responde a la persistente incertidumbre macroeconómica y a antecedentes de crisis cambiarias, pero plantea un problema estructural: los dólares no se transforman en crédito, inversión ni mayor actividad económica.
Un equilibrio frágil
El actual esquema cambiario logra sostener cierta calma en el mercado, pero con bases que el informe considera poco sólidas. El superávit comercial, clave para abastecer la demanda de divisas, se explica en buena medida por la contracción de importaciones más que por un salto exportador. A esto se suma el ingreso de dólares vía endeudamiento.
En paralelo, el impacto sobre el mercado laboral es negativo en los sectores urbanos: crece el desempleo, caen los puestos formales y aumenta el trabajo informal. El salario real, además, se mantiene estancado en niveles similares a los de fines de 2023.
El debate de fondo: normalización cambiaria
Frente a este escenario, IDESA plantea la necesidad de acelerar la transición hacia un régimen cambiario, monetario y financiero más previsible. Entre las recomendaciones se destacan:
- Eliminar los remanentes del cepo cambiario.
- Avanzar hacia la libre competencia de monedas.
- Permitir que el tipo de cambio y la tasa de interés se determinen por el mercado.
El objetivo es claro: generar condiciones para que los dólares vuelvan a circular en la economía, impulsen el crédito y reactiven tanto el consumo como la inversión.
No obstante, el informe reconoce que una aceleración en este proceso puede implicar riesgos de corto plazo, como eventuales tensiones inflacionarias. Aun así, sostiene que estos efectos serían transitorios si se mantiene el equilibrio fiscal y el orden monetario.
El planteo de IDESA sintetiza una tensión central del actual esquema económico: la estabilidad cambiaria lograda hasta ahora no alcanza para dinamizar la economía real. Mientras los dólares sigan yendo “al colchón”, el desafío será transformar esa calma en crecimiento sostenido, con impacto concreto en el empleo y los ingresos.








