En un escenario que empieza a reconfigurar las reglas del juego financiero en la Argentina, el analista Salvador Di Stefano plantea que el sistema atraviesa un “cambio de paradigma monetario” marcado por la fuerte caída de las tasas en pesos, una mayor liquidez y nuevas oportunidades —y dilemas— tanto para empresas como para inversores.
El punto de partida es una decisión clave del Banco Central: la liberación de encajes y requisitos de liquidez. Según el especialista, esto permitió inyectar fondos al sistema y acelerar una tendencia descendente en las tasas. Hoy, los plazos fijos de los principales bancos ya perforan el 20% anual, un nivel que comienza a trasladarse al crédito productivo.
Di Stefano advierte que este proceso puede tener un impacto directo sobre la economía real. “La baja de tasas les permitirá a las empresas refinanciar las deudas existentes, incluyendo mayores plazos que le permitan una baja en la cuota mensual”, sostiene. En ese marco, la recuperación del capital de trabajo aparece como una de las claves para una eventual reactivación. La condición, sin embargo, es clara: que las ventas acompañen.
Crédito limitado y financiamiento selectivo
A pesar del nuevo contexto, el crédito sigue mostrando restricciones estructurales. En el mercado predominan instrumentos de corto plazo, como el descuento de cheques o financiaciones de hasta 180 o 360 días. Las líneas de largo plazo continúan prácticamente ausentes, en gran parte por la falta de garantías y la debilidad de los flujos empresariales.
El análisis también pone el foco en una asimetría que divide al mundo corporativo: el acceso al financiamiento en dólares. Mientras las empresas exportadoras pueden apalancarse a tasas competitivas, aquellas orientadas al mercado interno enfrentan costos mucho más altos.

“El sistema tiene depósitos en dólares por unos U$S 42.000 millones y préstamos por U$S 22.000 millones”, detalla Di Stefano. Sin embargo, ese excedente no se canaliza hacia toda la economía. Para las firmas locales, tomar deuda en moneda extranjera implica recurrir a instrumentos más caros, como obligaciones negociables o líneas externas.
A esto se suma un factor cultural difícil de erradicar: el temor a una devaluación. Aunque el analista considera que ese escenario no es inminente, reconoce que “el fantasma de los últimos 70 años pesa en las decisiones”.
Recomendaciones: refinanciar y evitar tasas altas
En este contexto, la recomendación es concreta tanto para empresas como para familias: aprovechar la baja de tasas en pesos para reestructurar pasivos. En el caso de los hogares, sugiere migrar deudas caras —como las de tarjetas de crédito— hacia préstamos más accesibles.
Al mismo tiempo, propone abrir el debate sobre el uso de los dólares ociosos del sistema financiero. “Hay cerca de U$S 20.000 millones que deberían tener un destino más ligado a la producción”, plantea.
El desafío del inversor: tasas en pesos menos atractivas
Para quienes buscan alternativas de inversión, el nuevo escenario obliga a recalibrar estrategias. Las tasas en pesos, sostiene Di Stefano, “lucen poco atractivas”: un plazo fijo ronda el 17% anual, mientras que instrumentos a un año apenas alcanzan el 28% o inflación más un pequeño margen.
En ese marco, los bonos en dólares ganan terreno. La comparación entre títulos muestra spreads que favorecen a la deuda en moneda extranjera, especialmente cuando se evalúa el flujo de pagos. “Nos parece mucho mejor el bono en dólares”, afirma el analista, al contrastar rendimientos y periodicidad de cobro.

Una cartera diversificada para generar ingresos constantes
La propuesta central del informe es la construcción de una cartera diversificada que combine instrumentos en pesos ajustados por inflación con bonos en dólares y obligaciones negociables corporativas.
El esquema incluye títulos como el AO28 —que paga renta mensual en dólares—, el DICP —indexado por inflación con pagos semestrales— y el AL35, que suma flujo en moneda dura a largo plazo. A esto se agregan alternativas como el AN29 y obligaciones negociables de YPF, que completan un calendario de ingresos distribuido a lo largo del año.
El resultado, según Di Stefano, es una estructura pensada para maximizar el flujo de fondos: ingresos mensuales en dólares, refuerzos en meses impares y pagos en pesos en junio y diciembre. “Es la cartera soñada”, define, al destacar la combinación de plazos —entre 2028 y 2035— y la posibilidad de utilizar estos activos como garantía para financiamiento.
Una lógica basada en flujo, no solo en rendimiento
Más allá de los instrumentos específicos, el enfoque apunta a un cambio conceptual: priorizar el flujo de ingresos por sobre la ganancia de capital. Se trata de una estrategia transversal que, según el analista, puede adaptarse a distintos perfiles de riesgo y necesidades.
En un contexto donde las tasas en pesos pierden protagonismo y el crédito comienza a reactivarse, la clave parece estar en anticiparse a la nueva dinámica financiera. Para Di Stefano, el escenario abre una ventana de oportunidad, pero exige decisiones activas: refinanciar, diversificar y pensar en términos de flujo constante. El nuevo paradigma, concluye, ya está en marcha.







