La manera de concebir el trabajo está atravesando una transformación profunda y la Generación Z aparece como uno de los principales motores de ese cambio. En un escenario donde algunas organizaciones impulsan el regreso a esquemas de presencialidad total, los trabajadores más jóvenes manifiestan una preferencia cada vez más marcada por modalidades laborales flexibles, alineadas con su bienestar personal y sentido de propósito.
Para quienes nacieron entre 1997 y 2012, el empleo dejó de ocupar el lugar central y excluyente que tuvo para generaciones anteriores. En su escala de prioridades, la flexibilidad horaria, la posibilidad de desempeñarse desde distintos lugares y un equilibrio genuino entre vida personal y profesional resultan factores decisivos. En ese marco, la presencialidad obligatoria sin fundamentos claros suele interpretarse como una pérdida de autonomía y calidad de vida.
Estos cambios de percepción se reflejan en datos concretos. Según el informe “IA y presencialidad: el nuevo panorama laboral”, elaborado por WeWork junto a la consultora Michael Page, en Latinoamérica el 48% de los colaboradores encuestados trabaja bajo un esquema 100% presencial. Además, casi dos de cada cinco personas aseguran que asisten a la oficina con mayor frecuencia que hace un año.
En Argentina, en tanto, el modelo híbrido gana terreno: casi la mitad de los encuestados se desempeña bajo esta modalidad con una política clara de presencialidad, y el 59% prefiere un esquema que combine dos días de oficina con trabajo remoto. A su vez, tres de cada diez trabajadores afirman que no aceptarían un empleo que no contemple alguna forma de trabajo remoto.
El análisis por franjas etarias también muestra contrastes marcados. Los Baby Boomers lideran la preferencia por la presencialidad, con un 38% que se inclina por este formato. En el extremo opuesto se ubica la Generación Z, donde apenas un 14% manifiesta afinidad por un esquema completamente presencial.
Sin embargo, esto no implica un rechazo absoluto al encuentro cara a cara. Por el contrario, los jóvenes profesionales resignifican el rol de la oficina. Para ellos, la presencialidad cobra valor cuando tiene un propósito definido: reuniones estratégicas, instancias creativas, construcción de equipo o espacios de aprendizaje y desarrollo. Cuando la asistencia se percibe únicamente como un mecanismo de control o para realizar tareas que podrían resolverse en forma remota, pierde atractivo.
“Este cambio de mentalidad obliga a las empresas a repensar no sólo dónde se trabaja, sino también para qué. Hoy, los espacios físicos son valorados como puntos de encuentro, cultura e innovación, más que como lugares en donde cumplir un horario”, señaló Claudio Hidalgo, presidente de WeWork Latinoamérica. Y agregó: “En un mercado laboral cada vez más competitivo, entender qué moviliza a las nuevas generaciones de trabajadores es clave para construir propuestas laborales sostenibles, donde la flexibilidad, la confianza y la posibilidad de elegir se vuelven factores determinantes para atraer y retener talento joven”.
En este contexto, la presencialidad deja de ser una regla uniforme para convertirse en una decisión estratégica. Comprender cómo impactan los distintos modelos laborales en la vida de las personas se vuelve central para las organizaciones que buscan sostener su competitividad. El desafío ya no pasa por imponer esquemas rígidos, sino por diseñar propuestas flexibles, con propósito y espacios de trabajo que aporten valor real tanto al negocio como al talento.







