La inflación en Argentina continúa desacelerándose, pero el proceso enfrenta nuevos límites. Para abril, las proyecciones la ubican en torno al 2,4% mensual, dentro de un rango de entre 2% y 3%. Sin embargo, detrás de esa moderación aparece un fenómeno que empieza a preocupar a los analistas: la dificultad para quebrar el piso del 2%, en un contexto de inercia inflacionaria y tensiones sobre los salarios.
Así lo plantea el economista Lorenzo Sigaut Gravina, director de análisis macroeconómico de Equilibra, quien advierte que la economía atraviesa una “fase de transición” tras haber dejado atrás los picos extremos de inflación de comienzos de 2025.
“El Gobierno logró bajar la inflación de niveles cercanos al 30% mensual a un rango del 3%, pero el último tramo de la desinflación es el más difícil”, señala el análisis.
Una desaceleración con límites
Si bien la tendencia general es descendente, la inflación subyacente —que excluye factores estacionales y regulados— muestra una resistencia persistente. Según Sigaut Gravina, ese componente “no logra perforar el 2%”, lo que sugiere que el proceso de estabilización pierde velocidad.
El comportamiento reciente también estuvo influido por factores puntuales. En marzo, la inflación se vio impulsada por el aumento de tarifas, el encarecimiento de la energía, el inicio del ciclo lectivo y un fuerte salto en el precio de la carne. A esto se sumó el impacto internacional: el conflicto en Medio Oriente sostuvo los precios del petróleo y derivó en subas de combustibles cercanas al 10% en abril, con un acumulado de alrededor del 25% en menos de dos meses.
Este tipo de shocks, advierte el economista, suelen distorsionar los datos mensuales y no necesariamente reflejan la tendencia estructural.
Expectativas desalineadas
Uno de los puntos más críticos del informe es el desajuste entre las expectativas oficiales y la dinámica real de la economía. El presupuesto 2026 proyectaba una inflación anual del 10%, pero en el primer trimestre ya se acumuló cerca del 9,4%, lo que anticipa un desvío significativo de la meta.
Para Sigaut Gravina, hubo una sobreestimación en la velocidad del proceso desinflacionario. “En contextos de alta inflación, la inercia hace que bajar del 3% al 1% sea mucho más difícil que pasar del 30% al 10%”, explica.
En paralelo, la actividad económica muestra signos de estancamiento, con dinamismo concentrado en sectores puntuales como energía, minería y agro, pero sin traccionar al conjunto.
Salarios en el centro de la escena
El principal riesgo, según el análisis, no está solo en los precios sino en los ingresos. La pérdida de poder adquisitivo se consolidó en los últimos meses y amenaza con profundizar la caída del consumo.
El informe sintetiza la dinámica con una metáfora: los precios suben por “ascensor”, mientras que los salarios lo hacen por “escalera”. Esta brecha se amplió especialmente en marzo, cuando la inflación volvió a superar el 3%.
En este contexto, se cuestiona la política oficial de limitar las paritarias a incrementos del 2% mensual. Para el economista, permitir acuerdos salariales más flexibles sería clave para evitar una “anemia extrema” de la demanda interna.
Además, identifica una ventana de oportunidad en mayo y junio —meses estacionalmente más calmos— para recomponer ingresos reales, en un escenario donde la inflación podría volver a ubicarse por debajo del 2%.
Tasas, crédito y pragmatismo
En el frente monetario, el informe destaca una baja de tasas de interés que, en algunos casos, ya se ubican por debajo del 2% mensual. Esta decisión apunta a aliviar la carga financiera de familias y empresas, y a evitar un deterioro mayor en los niveles de mora.
Según Sigaut Gravina, desde fines de febrero se observa un enfoque más pragmático en la política económica, con cierta flexibilidad para sostener el funcionamiento del sistema financiero y prevenir riesgos de solvencia bancaria.
Una desinflación con costo social
De cara al resto del año, el escenario base de la consultora plantea una inflación anual en torno al 30%, lejos de las metas oficiales pero consistente con un proceso de desaceleración más gradual.
El riesgo, advierte el economista, es que ese sendero se dé a costa de una caída persistente del salario real. “Puede haber baja inflación con una economía muy dañada”, sostiene.
En ese sentido, concluye que el desafío no es solo nominal. “Es importante que el salario no se quede atrás, porque una sensación de estanflación puede tener un costo más alto que una inflación moderada”, afirma.
La clave, entonces, no pasa únicamente por seguir bajando la inflación, sino por cómo se distribuyen los costos de ese proceso en la economía real.







