Un informe de la consultora Focus Market pone en evidencia una paradoja cada vez más presente en la economía argentina: aunque los salarios lograron acompañar a la inflación en términos generales, el poder adquisitivo de la clase media formal sigue mostrando signos de fragilidad, especialmente frente al peso creciente de los servicios.
“El salario promedio del sector privado registrado funciona como un termómetro del poder adquisitivo de la clase media formal y como indicador de la calidad del mercado laboral”, explicó Damián Di Pace, director de la consultora. En ese marco, el análisis no se limita a la evolución nominal de los ingresos, sino que busca determinar si el empleo formal permite sostener un nivel de vida acorde a las necesidades básicas.
El estudio, basado en datos del Sistema Integrado Previsional Argentino (SIPA), toma como referencia un hogar tipo con dos adultos y dos menores que perciben dos salarios promedio del sector privado registrado, y analiza su evolución entre noviembre de 2023 y una proyección a marzo de 2026.
Un empate que no alcanza
En el período analizado, los salarios crecieron 251,93%, prácticamente en línea con la inflación acumulada de 249,40%. A simple vista, el resultado es un empate. Sin embargo, la trayectoria revela un camino irregular, con una fuerte pérdida inicial y una recuperación posterior incompleta.

El mayor deterioro se concentró entre noviembre de 2023 y marzo de 2024, cuando los ingresos aumentaron 81,8% frente a una inflación del 93,3%. En esos meses, el salario real sufrió una fuerte licuación y cayó por debajo de los niveles iniciales.
A partir del segundo trimestre de 2024 comenzó una recomposición parcial, impulsada por ajustes salariales que buscaron recuperar lo perdido. Sin embargo, estos incrementos no lograron consolidar una mejora sostenida. Incluso los picos generados por el cobro del aguinaldo se diluyeron rápidamente frente a la inercia inflacionaria.
Hacia marzo de 2026, el salario promedio real se ubicaría en torno a los $524.000 a precios constantes, prácticamente el mismo nivel que en noviembre de 2023. Es decir, tras un ciclo de caída y recuperación, el poder adquisitivo vuelve al punto de partida.
El problema no son los alimentos, sino los servicios
El informe introduce un elemento clave para entender la pérdida de bienestar: la diferencia en la evolución de las canastas de consumo.
En el caso de los alimentos, la situación muestra cierta mejora. Mientras que en noviembre de 2023 un hogar podía adquirir 5,64 canastas alimentarias con dos salarios promedio, en marzo de 2025 ese número subió a 6,76 y se proyecta en 6,24 para marzo de 2026. El peso de los alimentos en el ingreso incluso se redujo levemente, pasando del 17,73% al 16%.

Sin embargo, el panorama cambia drásticamente al analizar los servicios. Al inicio del período, dos salarios permitían cubrir 1,19 canastas de servicios. Ese indicador mejoró hasta 1,77 en marzo de 2025, pero luego volvió a deteriorarse: cayó a 1,18 en noviembre de 2025 y se proyecta en apenas 1,14 para marzo de 2026.
En paralelo, el porcentaje del ingreso destinado a servicios se disparó: pasó de 56,4% en marzo de 2025 a 87,3% en marzo de 2026, superando incluso los niveles de 2023. Tarifas, transporte, comunicaciones y otros gastos esenciales se consolidan así como el principal factor de presión sobre los ingresos familiares.

Una recuperación parcial sobre una base débil
El informe también pone en perspectiva la evolución de largo plazo. En comparación con 2017, el salario privado formal acumula una caída cercana al 20% en términos reales. Esto implica que, aun con las mejoras recientes, el nivel actual sigue por debajo del de años anteriores.
En este contexto, la desaceleración inflacionaria aparece como una condición necesaria pero no suficiente para mejorar el poder adquisitivo. La estabilidad de precios puede evitar nuevas caídas, pero no garantiza una recuperación sostenida si los salarios no logran ganarle terreno a la dinámica de los costos, especialmente en servicios.
“Si bien el salario no tiene el ritmo de caída abrupta de etapas anteriores, tampoco muestra una expansión consistente del poder de compra”, advirtió Di Pace. Y concluyó: “El desafío hacia adelante no pasa únicamente por evitar nuevas pérdidas frente a la inflación, sino por recuperar y sostener la capacidad adquisitiva en el tiempo”.
Así, la carrera entre salarios y precios parece haber entrado en una fase de empate técnico. Pero en la economía cotidiana de los hogares, ese empate está lejos de traducirse en una mejora real.








