La industria textil atraviesa uno de los momentos más críticos de las últimas décadas. Caída del consumo interno, avance acelerado de las importaciones y la retirada del apoyo estatal configuran un escenario adverso que, según un informe reciente de la consultora Analytica, ya dejó cientos de establecimientos cerrados, una fuerte destrucción de empleo y niveles históricamente bajos de producción y capacidad instalada.
De acuerdo con el relevamiento, desde noviembre de 2023 los precios del rubro textil e indumentaria aumentaron 149,4%, muy por debajo de la inflación general acumulada en el mismo período, que alcanzó el 259,4%. En términos relativos, la ropa se abarató un 30,6% frente al promedio de la economía y alcanzó su nivel de precios más bajo desde 2016.
Si bien el sector representa apenas el 9,9% del Índice de Precios al Consumidor (IPC), su evolución tuvo un peso significativo en la desaceleración inflacionaria. A diferencia de los servicios —menos expuestos a la competencia externa—, la industria textil operó como ancla de precios en un contexto de apertura comercial y mayor presión importadora.

Sin embargo, desde el entramado productivo advierten que esta baja de precios se logró a costa de un deterioro profundo de la actividad. La Federación de Industrias Textiles Argentinas (FITA) cuestionó las lecturas simplificadas del fenómeno y alertó sobre los efectos asimétricos de las recientes medidas económicas. Según la entidad, la reducción de impuestos y la desburocratización impulsadas por el Gobierno beneficiaron principalmente a los productos importados, mientras que la producción nacional continúa enfrentando una elevada presión tributaria, altos costos energéticos y un acceso casi inexistente al financiamiento.
“El problema no es la competitividad, es la competencia fraudulenta”, remarcaron desde FITA, al señalar las distorsiones que enfrenta el sector frente al ingreso de mercadería del exterior a precios imposibles de replicar localmente.
El impacto ya se refleja con claridad en el mapa productivo. La Fundación Pro Tejer registró el cierre de 558 establecimientos textiles en el período analizado, lo que representa una contracción del 9% del entramado industrial, con especial incidencia en los segmentos de indumentaria y calzado. Además, se trata de una actividad con altos niveles de informalidad —cercanos al 72% en confecciones—, por lo que la pérdida real de puestos de trabajo sería aún mayor que la registrada oficialmente.
Producción en caída libre
Según el informe de Analytica, la industria textil acumuló caídas en 10 de los 11 meses de 2025, consolidándose como la actividad más golpeada del Índice de Producción Industrial (IPI). En noviembre, la producción se ubicó 31,2% por debajo de diciembre de 2024 y 47,6% menos que en noviembre de 2023.
El deterioro es generalizado. En confecciones y calzado, la producción se encuentra 18,5% por debajo de diciembre de 2024, mientras que en productos textiles la merma alcanza el 31,2%. La utilización de la capacidad instalada cayó al 29%, el nivel más bajo de toda la serie histórica, con la única excepción del momento más crítico de la pandemia.
Por subsectores, el curtido y la fabricación de artículos de cuero lideran las caídas, con un desplome del 44,1%, seguidos por tejidos y acabados textiles (-34,7%) y el preparado de fibras (-33,7%).

Importaciones récord y golpe a las pymes
El avance de las importaciones aparece como uno de los factores determinantes de la crisis, en especial para las pequeñas y medianas empresas. En 2025, las compras externas de indumentaria crecieron 97,3% interanual, con un incremento de US$336 millones. Otros productos textiles avanzaron 121,2% y el calzado 25,2%.
A este fenómeno se sumó el auge del comercio vía courier y plataformas internacionales como Shein y Temu, que registraron un crecimiento acumulado del 274,2%. Como resultado, las importaciones de indumentaria alcanzaron los US$681 millones, el valor más alto de toda la serie histórica en términos reales, mientras que en calzado totalizaron US$825 millones, muy cerca del récord registrado en 2017.
En este contexto, la industria textil enfrenta una encrucijada: precios que bajan, consumo deprimido y una apertura comercial que profundiza la competencia externa, sin que se resuelvan los problemas estructurales de costos y financiamiento. Un combo que, según advierten desde el sector, amenaza con dejar secuelas duraderas en una de las actividades industriales más intensivas en empleo del país.





