Por Eduardo Bocco. Al cumplirse un año de las gestiones del presidente Javier Milei, el gobernador Martín Llaryora y el intendente de la ciudad de Córdoba, Daniel Passerini, las mediciones de las encuestas arribaron a algunos lugares comunes, a ciertas relaciones bamboleantes y a algunas sorpresas de envergadura.
Lo que posiblemente nadie esperaba es el apoyo de más del 50% de los ciudadanos a las políticas de ajuste del gobierno nacional –en algunos casos despiadadas contra los sectores más populares de la población–, ya que pese al asalto al bolsillo, la gente sigue levantando el pulgar.
Es evidente que la gente vota una expectativa y apuesta a los cambios favorables en el mediano plazo, pero los analistas y consultores de opinión coinciden en marcar que “esto seguramente no será siempre así”. Y explican que en algún momento la gente exigirá un desahogo económico porque es prácticamente imposible que no haya un dulce en medio de tanta ingesta amarga.
¿Por qué la mayoría de los ciudadanos le levanta el pulgar al presidente?
Por enorme temor a las administraciones anteriores, por estimar que los graves inconvenientes no comenzaron en diciembre del año pasado sino que llevan dos décadas o más.
Entonces, hay que enfocar el espejo retrovisor y mirar a las administraciones de Alberto Fernández, Mauricio Macri, Cristina Fernández y Néstor Kirchner, aunque se advierte que la crítica más racional traza la línea a partir de CFK, según la gran mayoría de los estudios consultados.
Los argentinos vieron problemas graves en estas dos décadas como corrupción, inflación, inseguridad y deterioro marcado en servicios esenciales como salud y educación, entre otras asignaturas que ninguna administración pudo superar.
Al revés de sus antecesores, Milei puso la mira en una drástica reducción de los niveles inflacionarios y paso a paso lo viene logrando. Hoy el aumento de precios mensual es de un dígito y seguiría descendiendo. Eso valora y aplaude la población, cuya porción mayoritaria ve al jefe de Estado casi como un rock star.
Lo que nadie entiende muy bien es por qué tanto apoyo si la reducción de la inflación no se traslada al bienestar de la economía de las familias. La respuesta de los especialistas en opinión pública vuelve a ser contundente: por esperanza.
Sin embargo, a esta apuesta por la mejoría económica se le anteponen algunos puntos que no son taquilleros pero que integran un costado negativo que es cada vez es más preocupante.
1) La política internacional y se señala en este sentido al flojo manejo con países acreedores de la Argentina que a su vez son principales compradores como China y Brasil, mientras que hay un alineamiento casi bestial con Estados Unidos e Israel.
2) La agresividad del presidente con los que piensan distinto. “Lauchas”, cucarachas, “mal nacidos” o cualquier otro improperio es utilizado para denostar al opositor. Si hasta pareciese que no le importa el discenso, lo cual puede llegar a equivaler a decir que no le importa la democracia.
3) El insólito ataque a los medios de comunicación que no se le subordinan y a los periodistas que no lo aplauden como focas. “Ensobrados”, les dice sin ponerse colorado. El problema no es que acuse de corruptos a los hombres y mujeres de medios sino la generalización equivocada. “Si estás hablando de ladrones, da sus nombres”, le replican.
Córdoba, de la guerra a la sonrisa
Con Córdoba Milei tuvo un idea y vuelta cambiante. Todo empezó con críticas a la gestión nacional realizadas por el gobernador Llaryora, que clamaba por el pago de deudas como la de la Caja de Jubilaciones no transferida, el cese de los subsidios al transporte y la paralización de la obra pública.
Fiel a su estilo, Milei dijo que el gobernador era un “traidor”. ¿Qué pasó después? La imagen presidencial se mantuvo, aunque con un leve descenso, pero la del gobernador se desplomó.

A partir de ahí, Llaryora cambió. Empezó a dar señales de buen diálogo, aflojó la tensión y aparecieron las primeras sonrisas. Llegó la etapa del diálogo, especialmente con el jefe de Gabinete Guillermo Francos. Hoy la situación de respeto institucional según manifiestan en el Centro Cívico. Pero hay asuntos pendientes, porque de la Caja, por ejemplo, no llegó un peso, y la obra pública comprometida sigue en veremos.
Lo único positivo son las señales de que en algún momento el dinero aparecerá.
Atrás queda el intendente Passerini, que juega un rol diferente, interpretando a una suerte de vos solista crítica, que no se calla ante lo que considera injusticias. De momento, la Casa Rosada no le contesta.
Ahora se viene 2025 con un dato para seguir: habrá elecciones en todo el país. ¿Qué hará el jefe de Estado? ¿Se comportará como la casta y gastará al punto de llegar a los derroches o seguirá con su discurso que decía que “no hay plata”?
El año que viene será el tiempo de las revelaciones.





