La economía argentina atraviesa un momento de calma relativa en el frente cambiario, pero los datos de la última década reflejan un deterioro profundo en el mercado laboral y el poder adquisitivo. Según datos oficiales del Ministerio de Economía y la Secretaría de Trabajo, entre 2013 y 2024 el Producto Bruto Interno (PBI) cayó un 2,5%, el empleo asalariado registrado en empresas privadas creció apenas un 2,4%, y los salarios reales se desplomaron un 25%.
En este contexto de estancamiento productivo, desde IDESA remarcan que la alta inflación que caracterizó la última década jugó un rol central: permitió licuar los salarios reales y, de esa manera, evitar una destrucción masiva de empleos formales. Sin embargo, los especialistas advierten que, con la reciente baja de la inflación y la nueva estabilidad cambiaria, este mecanismo ya no será sostenible. Si no se avanzan en las reformas estructurales necesarias, el ajuste podría trasladarse inevitablemente al empleo.
Dólar y competitividad
Pasadas dos semanas desde el anuncio del nuevo régimen cambiario, el dólar oficial —que cotizaba a $1.078— tendió a posicionarse en el centro de la banda prevista de $1.200, marcando un ajuste de aproximadamente el 11%. El logro de instalar un esquema de tipo de cambio más flexible sin sobresaltos es destacado en el análisis, aunque persiste un problema de fondo: la pérdida de competitividad.
Históricamente, en Argentina los cambios de régimen cambiario estuvieron ligados a fuertes devaluaciones que aliviaban la situación de los exportadores y de la producción que compite con las importaciones. Esta vez, las dificultades para esos sectores no solo no se resolvieron, sino que podrían agravarse en el futuro.
Empleo de baja calidad y aumento de la pobreza
El magro crecimiento del empleo formal en la última década contrasta con la dinámica del mercado laboral. Cerca de 3 millones de nuevos trabajadores se incorporaron entre 2013 y 2024, pero en condiciones de mayor precarización: el 40% se desempeñó como monotributista y el 60% restante en empleos no registrados o cuentapropismo informal.
Este deterioro en la calidad del empleo explica en buena medida el aumento de la pobreza: del 30% registrado en 2016 (primer año en que se volvió a medir) al 46% en 2024.
El desafío de las reformas estructurales
La estabilidad cambiaria y la baja inflación, logros recientes, hacen más explícitas las consecuencias de las «malas reglas de juego» que rigen la economía argentina. Para revertir el deterioro productivo y laboral, es necesario avanzar en una amplia agenda de reformas: cambios en el sistema tributario, coparticipación federal, legislación laboral, infraestructura, seguridad social, educación e integración al mundo.
El principal desafío radica en que muchas de estas transformaciones requieren coordinación entre distintos niveles de gobierno —Nación, provincias y municipios—, como en el caso de la necesaria reforma tributaria y las inversiones en infraestructura.
En este contexto, la estrategia de «esperar a las elecciones de octubre» para encarar las reformas estructurales es vista como insuficiente. Por un lado, porque aun con un resultado electoral favorable el oficialismo deberá construir acuerdos en el Congreso. Pero además, porque los actores claves —especialmente los gobernadores— serán los mismos después de los comicios.
Así, los especialistas destacan la urgencia de activar ahora los consensos necesarios, tal como plantea el «Acta de Mayo», en busca de un nuevo marco que promueva la inversión, la producción y la generación de empleo de calidad en Argentina.




