En un contexto internacional cada vez más inestable, el economista Esteban Domecq trazó un diagnóstico contundente sobre el lugar que ocupa Argentina en el nuevo escenario global. Planteó que el mundo dejó atrás las reglas que dominaron las últimas décadas y entró en una etapa donde la volatilidad y las tasas de interés ganan centralidad.
“Estamos frente a un cambio de régimen global donde los indicadores tradicionales ya no alcanzan”, afirmó Domecq durante una exposición ante empresarios e inversores organizada por SyC Inversiones, al describir un entorno en el que los shocks externos dejaron de ser excepcionales para convertirse en parte estructural del sistema. “La volatilidad no es un episodio, es el nuevo régimen”, enfatizó.
Uno de los ejes centrales de su análisis fue el rol de las tasas de interés. Según explicó, el endurecimiento de las condiciones financieras globales se convierte en el principal canal de transmisión del impacto hacia economías emergentes como la argentina. “La tasa de interés vuelve a ser el precio más importante de la economía global”, señaló. En este marco, el país enfrenta mayores dificultades para acceder al financiamiento, menor margen para sostener la actividad y una presión adicional sobre sus variables macroeconómicas.
El escenario se complejiza aún más por un proceso de fragmentación global que, según Domecq, redefine los flujos de comercio e inversión. “El mundo se está fragmentando y eso tiene consecuencias económicas concretas”, sostuvo. Para países con debilidades estructurales, como Argentina, esto se traduce en menos financiamiento disponible y mayores exigencias de consistencia macroeconómica.
Desequilibrios propios en un mundo más exigente
Al aterrizar su análisis en la realidad local, Domecq fue categórico: “Argentina entra a este nuevo mundo más complejo con desequilibrios propios”. Entre ellos, mencionó la persistencia de una inflación elevada, las restricciones externas y la debilidad fiscal, factores que limitan la capacidad de respuesta frente a shocks internacionales.
Sin embargo, también dejó espacio para una lectura menos pesimista. “En los cambios de régimen también aparecen oportunidades, pero requieren consistencia macroeconómica para poder ser aprovechadas”, planteó, en alusión a sectores que podrían beneficiarse en un nuevo orden global más fragmentado.
En ese sentido, remarcó la necesidad de que el sector privado revise sus estrategias. “Las estrategias que funcionaban en el mundo anterior no necesariamente van a funcionar en este nuevo contexto”, advirtió. Y concluyó: “Gestionar el riesgo pasa a ser tan importante como buscar rentabilidad, especialmente en Argentina”.
Una economía a dos velocidades
Más allá del frente externo, el economista también analizó la dinámica interna y describió un escenario de marcada heterogeneidad. “Tenemos un mercado externo dinámico, un mercado interno anémico”, sintetizó, al explicar por qué algunos sectores logran sostener niveles de actividad mientras otros enfrentan mayores dificultades.
Esta brecha sectorial se refleja también en el mercado laboral. Según Domecq, el impacto del ajuste no es homogéneo. “Hay cierto daño en el mercado laboral, pero no sistémico; está muy focalizado en los sectores particularmente afectados por esta transición”, explicó.
El principal foco de tensión, sin embargo, sigue estando en los ingresos. “Esto sigue siendo una crisis nominal”, afirmó, al señalar que la recuperación del poder adquisitivo se frenó y comenzó a estancarse. A esto se suma el impacto del ajuste tarifario, que reduce el ingreso disponible de los hogares.
“El principal punto de dolor es el poder adquisitivo”, subrayó. Según su estimación, una vez descontados los gastos fijos, el ingreso disponible de las familias se ubica entre un 8% y un 9% por debajo de niveles previos, lo que condiciona la recuperación del consumo y explica, en parte, la debilidad del mercado interno.
Un cambio de lógica
El diagnóstico de Domecq deja una conclusión clara: el desafío para la Argentina ya no es solo resolver sus desequilibrios históricos, sino hacerlo en un mundo más incierto, exigente y menos tolerante a las inconsistencias macroeconómicas.
En ese nuevo tablero, la estabilidad ya no será suficiente. La capacidad de adaptación —tanto del sector público como del privado— aparece como una condición clave para navegar un escenario donde la volatilidad dejó de ser la excepción y pasó a ser la regla.








