La independencia económica y habitacional, uno de los principales hitos en la vida adulta, se ha convertido en una meta cada vez más difícil de alcanzar para los jóvenes argentinos. La posibilidad de alquilar una vivienda propia o acceder a la compra de un inmueble parece hoy más lejana que nunca para una generación que enfrenta salarios insuficientes frente a los costos del mercado inmobiliario.
De acuerdo con datos analizados por la Fundación Tejido Urbano, cuatro de cada diez jóvenes de entre 25 y 35 años aún viven con sus padres. Lejos de responder únicamente a cambios culturales o a la prolongación de los estudios, el fenómeno está estrechamente vinculado a las dificultades económicas que atraviesa este segmento de la población.
Fernando Álvarez de Celis, director de la Fundación Tejido Urbano, advierte que el problema no es nuevo, pero se ha profundizado durante las últimas dos décadas. «La situación es una especie de olla a presión que se viene acumulando desde 2003. Cada crisis económica fue deteriorando la capacidad de los jóvenes para acceder a una vivienda propia o incluso para sostener un alquiler«, sostiene.
El alquiler se lleva más de la mitad del sueldo
Uno de los indicadores más preocupantes surge de la relación entre ingresos y costos habitacionales. Según el relevamiento, un joven promedio debe destinar alrededor del 62% de su salario para pagar un alquiler.
La cifra supera ampliamente las recomendaciones internacionales, que consideran saludable destinar entre el 25% y el 30% de los ingresos al pago de la vivienda.
«La problemática ya no pasa principalmente por la desocupación. Muchos jóvenes tienen trabajo, pero los salarios no alcanzan para afrontar los costos de una vivienda», explica Álvarez de Celis.
La consecuencia inmediata es la postergación de la emancipación. Pero también aparecen situaciones cada vez más frecuentes: jóvenes que logran independizarse durante algunos años y luego deben regresar al hogar familiar cuando enfrentan dificultades económicas o una separación de pareja.
Tres caminos para independizarse
Frente a este escenario, las alternativas para acceder a una vivienda propia o alquilada se reducen considerablemente.
Según el análisis de la Fundación Tejido Urbano, hoy existen tres mecanismos principales para lograr la emancipación:
- Recibir ayuda familiar o una herencia.
- Compartir gastos mediante la conformación de una pareja.
- Mudarse a zonas periféricas donde los terrenos son más económicos.
Este último fenómeno está generando una expansión urbana desordenada en numerosas ciudades argentinas. Familias jóvenes buscan lotes accesibles cada vez más alejados de los centros urbanos, muchas veces en áreas con escasa infraestructura, transporte insuficiente y servicios limitados.
«Las ciudades siguen creciendo hacia la periferia porque allí es donde todavía existen terrenos relativamente accesibles. El problema es que muchas veces esa expansión se produce sin la infraestructura necesaria», señala el especialista.

La vivienda como inversión y no como solución habitacional
Para la Fundación Tejido Urbano, una parte importante del problema radica en la forma en que funciona actualmente el mercado inmobiliario.
En ciudades como Buenos Aires, Córdoba y Rosario, gran parte de las nuevas construcciones están orientadas a la inversión y no a satisfacer la demanda de quienes buscan una primera vivienda.
Los desarrollos inmobiliarios son adquiridos principalmente por personas que ya poseen propiedades y utilizan los inmuebles como resguardo de valor frente a la inestabilidad económica. Posteriormente, esas unidades ingresan al mercado de alquiler, alimentando una lógica que mantiene elevados los precios y dificulta aún más el acceso a la propiedad para los sectores medios y jóvenes.
«Se construye mucho, pero no necesariamente para resolver el déficit habitacional. Muchas viviendas funcionan como reserva de valor y no como respuesta a quienes necesitan acceder a su primer hogar», explica Álvarez de Celis.
Cada vez más lejos de la casa propia
La evolución histórica de la relación entre salarios y valor de las propiedades permite dimensionar el deterioro del acceso a la vivienda.
Durante la década de 1990, un trabajador promedio necesitaba alrededor de nueve años de salario para comprar un departamento. En 2011 esa cifra llegó a 23 años. Actualmente, el indicador se ubica entre 16 y 17 años de ingresos completos.
Si bien el acceso sigue siendo mejor que durante el pico registrado en 2011, continúa muy lejos de los niveles que permitían a generaciones anteriores convertirse en propietarias.
A esta situación se suma la escasez de crédito hipotecario. Aunque el volumen de préstamos mostró una recuperación reciente, pasando de alrededor de 400 créditos otorgados en 2023 a unos 44.000 en el último período, los especialistas consideran que todavía resulta insuficiente para revertir el déficit acumulado.
«La Argentina prácticamente dejó de generar nuevos propietarios durante muchos años. Sin crédito hipotecario es muy difícil que una familia asalariada pueda acceder a una vivienda», afirma el director de la Fundación Tejido Urbano.
Un problema que condiciona proyectos de vida
La crisis habitacional no solo impacta en el mercado inmobiliario. También modifica decisiones personales, familiares y laborales de toda una generación.
La postergación de la independencia, la dificultad para formar un hogar propio y la necesidad de depender económicamente de la familia son algunas de las consecuencias más visibles de un fenómeno que atraviesa a millones de jóvenes argentinos.
Para Álvarez de Celis, la solución requiere medidas de largo plazo que mejoren los ingresos reales, amplíen el acceso al crédito y generen políticas urbanas capaces de ofrecer alternativas habitacionales accesibles.
Mientras eso no ocurra, la tendencia parece consolidarse: cada vez más jóvenes continúan viviendo con sus padres no por elección, sino porque independizarse se ha transformado en un lujo difícil de sostener.







