“No somos conscientes de la magnitud de lo que está pasando. La IA no va a generar un cambio, ya lo está generando”, advierte Favio Grigorjev, Chief Artificial Intelligence Officer (CAIO) de Evoltis, compañía cordobesa que nació como contact center, evolucionó a BPO y hoy se posiciona como plataforma de gestión de contactos para múltiples industrias.
El cargo que ocupa Grigorjev no es menor: se trata de uno de los pocos CAIO en Argentina, un rol que cobra creciente relevancia en un contexto en el que la IA atraviesa todas las actividades. Desde su mirada, estamos en el umbral de una transformación radical: “Si tenés una computadora adelante, tu trabajo se va a ver desafiado. Eso no significa que vayas a perderlo, pero sí que algo va a cambiar profundamente”.
La carrera hacia la singularidad
Para el especialista, el ritmo del desarrollo es lo más disruptivo. “En un mes, en IA, equivale a un siglo de avances. Nunca se vio tanta inversión y velocidad en romper límites”, asegura. Cita como ejemplo a OpenAI, una startup que en pocos años puso en jaque a gigantes como Google, que por cuidar su modelo de negocio perdió la delantera en la carrera de la inteligencia artificial generativa.
El horizonte que asoma es el de la Inteligencia Artificial General (AGI), capaz de replicar toda la potencia cognitiva humana. Ese punto, conocido como “singularidad”, parecía lejano, proyectado para 2030 o 2050. Hoy, dice Grigorjev, “muchos creen que podría alcanzarse en los próximos 24 meses”.

Ese escenario abre preguntas de fondo: ¿qué hará la humanidad con soluciones que no puede comprender, aunque resulten efectivas? ¿Estamos preparados para convivir con una inteligencia que él define como “alienígena, porque es extrahumana”?
Entre la oportunidad y el riesgo
Más allá de la filosofía, la IA ya impacta en la economía y en los modelos de negocio. Para Evoltis, el foco está en el desarrollo de agentes virtuales para atención al cliente, combinados con humanos bajo un esquema de “human in the loop”. “Hoy trabajamos con agentes que tienen memoria de corto y largo plazo, que empatizan con el usuario, y que incluso son supervisados por IA o por personas, dependiendo del caso”, explica.
La empresa ya gestiona interacciones multimodales —voz, texto, imágenes y video en un mismo canal— y alcanza métricas de satisfacción de cliente que compiten de igual a igual con agentes humanos. La diferencia, señala, es la escalabilidad: “Podemos replicar infinitas copias de un mismo perfil de agente virtual, adaptadas al tono cordobés, sanjuanino o porteño según el cliente”.
Sin embargo, Grigorjev enfatiza que en Evoltis adoptaron un código de ética: siempre informan al cliente si está hablando con una IA. “Podríamos ocultarlo, porque cada vez es más difícil distinguirlo, pero creemos que la transparencia es clave”, sostiene.
Desafíos para empresas y gobiernos
La irrupción de la IA plantea dilemas regulatorios y geopolíticos. Mientras Estados Unidos, China y Europa disputan una carrera de poder y de normas, en América Latina emergen iniciativas para desarrollar modelos regionales. Grigorjev es realista: “Competir en entrenamiento de modelos frontera requiere cientos de miles de millones de dólares. Nuestra oportunidad está en las aplicaciones”.

Al mismo tiempo, advierte sobre el riesgo de “automatizar el caos”: “Si tus procesos internos están desordenados y los querés automatizar, solo vas a lograr hacer el caos más rápido y eficiente”.
Para los tomadores de decisión, su mensaje es claro: “No hay alternativa. La IA es como la electricidad: quien se quede con carbón y leña se va a quedar afuera. Puede llevar tiempo ajustar los procesos y no todo se mide en retorno inmediato, pero quien no invierta hoy se va a arrepentir mañana”.
El futuro del trabajo y el propósito humano
Uno de los puntos que más preocupa es el impacto en el empleo. El CAIO de Evoltis relativiza la idea de una “crisis de trabajo” y la redefine como una “crisis de propósito”: “La IA puede garantizar sustento, incluso con ingresos básicos universales, pero lo que está en juego es qué vamos a hacer con nuestro tiempo y cómo vamos a encontrar sentido a nuestras vidas”.
Con todo, Grigorjev se muestra más entusiasta que temeroso. “Somos la primera generación que enfrenta una inteligencia no humana. Es un privilegio enorme, aunque implique hacernos cargo de riesgos éticos, de pensamiento crítico y de nuestra propia responsabilidad. La pregunta no es si habrá que adaptarse, sino si estamos preparados para hacerlo a la velocidad que esto exige”.








