El gobierno nacional volvió a recurrir a una herramienta conocida para intentar frenar la presión cambiaria: la suba de tasas de interés. La decisión, que busca “que el dólar no se dispare” y llegue contenido a las elecciones, implica —según la economista Gisela Veritier— un viraje en la estrategia inicial de Javier Milei, que prometía desinflación y tasas bajas como motor para la reactivación vía inversión privada.
“Este movimiento rompe uno de los principales pilares del plan económico original: que la baja de la inflación viniera acompañada de una baja en la tasa de interés, para que el sector privado pudiera invertir y generar puestos de trabajo”, señala Veritier.
El dólar, la obsesión oficial
El aumento de tasas responde al recuerdo cercano del episodio con el desarme de letras del Banco Central: los fondos liberados, lejos de ir al crédito, se volcaron a la compra de dólares y tensionaron la banda cambiaria. Para evitar un desborde similar, el Gobierno forzó un esquema de absorción de pesos a través de licitaciones, mayores encajes a los bancos y la obligación de colocarlos en títulos públicos.
“La idea es secar la plaza de pesos y, al mismo tiempo, sostener la demanda de bonos que el mercado no quiso comprar. Pero el costo de este esquema es altísimo”, advierte Veritier.

Consecuencias sobre la economía real
Ese “costo” se traduce en una fuerte contracción de la actividad. Con tasas que superan el 70% y llegan al 240% en refinanciación de tarjetas, el acceso al crédito se vuelve prohibitivo tanto para empresas como para consumidores.
“Las PyMEs ven encarecido su financiamiento diario: descubierto, descuento de cheques, acuerdos con proveedores. Esto las lleva a achicar sus planes de inversión o, directamente, a frenar su movimiento económico. En paralelo, los consumidores enfrentan cuotas fijas que pueden convertirse en una trampa mortal por los altos costos financieros detrás”, describe la economista.
Incluso el propio sistema financiero, que hasta ahora acompañaba las políticas oficiales, comenzó a cuestionar la “falta de libertad” para decidir sus operaciones ante la imposición de nuevas reglas por parte del Banco Central.
Riesgo electoral y debilidad estructural
La estrategia oficial enfrenta un límite claro: la confianza. “La única que le queda al Gobierno es recuperar rápido la confianza, que sabemos bien es lo más difícil de lograr. Sin confianza, por más que suba la tasa, no hay contrapeso contra la dolarización de carteras típica en contextos electorales”, advierte Veritier.

A esto se suma un frente externo frágil. Las reservas netas del Banco Central son bajas y, aunque el FMI alivió las metas a 3.200 millones de dólares hacia fin de año, la capacidad de intervención cambiaria luce acotada. El segundo semestre, tradicionalmente más débil en ingreso de divisas, agrava la vulnerabilidad.
Una contradicción de fondo
Para Veritier, la paradoja es evidente: el gobierno libertario, que había prometido dejar atrás los esquemas de tasas altas de administraciones anteriores, terminó replicando la misma lógica de “tasas contra dólar” que utilizaron Mauricio Macri y Alberto Fernández.
“Es una medida improvisada y contradictoria que refleja la subestimación de cómo funcionaría el desarme de pasivos remunerados. Se pensó que la plata iría al crédito y terminó en el dólar. El informe de JP Morgan lo había anticipado y fue desestimado en su momento”, recuerda.
El desenlace dependerá de si el dólar se mantiene en la zona baja de la banda cambiaria o, por el contrario, se dispara hacia el techo. En ese caso, concluye Veritier, “lo que estaría en juego ya no sería solo la política monetaria, sino la credibilidad misma del plan económico de Milei”.








