Tras un 2025 atravesado por sobresaltos financieros y tensiones electorales, el 2026 aparece en el radar de las empresas como un año de mayor calma y orden macroeconómico. La ausencia de elecciones nacionales se perfila como el principal factor de alivio, al reducir la volatilidad política que históricamente condiciona decisiones de inversión en Argentina.
Para Gustavo Campos, socio de PwC Argentina, el nuevo escenario abre una etapa de mayor previsibilidad. Las proyecciones privadas ubican la inflación en un rango de entre 20% y 30%, con un tipo de cambio que acompañe esa evolución. “La estabilidad es la base para que el empresariado vuelva a pensar en invertir y generar empleo”, resume.
Ese cambio de clima ya se refleja en el humor de los líderes corporativos. Según una encuesta global de PwC, el 87% de los CEOs argentinos espera crecimiento del PBI este año y un tercio declara tener expectativas “muy altas” sobre la evolución de la economía. La comparación con el pasado reciente, marcado por cepos, múltiples tipos de cambio e inflación de tres dígitos, funciona como ancla psicológica del optimismo actual.
Un 2025 que dejó cicatrices
El entusiasmo, sin embargo, convive con la memoria fresca de un 2025 que Campos define como “movido y raro”. La primera parte del año mostró señales de ordenamiento macro, pero el calendario electoral volvió a tensionar las variables financieras. Las elecciones bonaerenses primero y las nacionales después generaron un nivel de estrés que obligó a una asistencia financiera de Estados Unidos para estabilizar los mercados.
El saldo sectorial fue muy dispar. Mientras la minería y algunas ramas industriales vinculadas a la energía mostraron resultados positivos, el consumo masivo sufrió con fuerza. La combinación de caída abrupta de la inflación, ajuste macroeconómico y tasas de interés “por las nubes” desplomó el crédito y golpeó ventas en supermercados, grandes superficies y shoppings.

Motores firmes y un talón de Aquiles
Ese mapa productivo no cambiaría demasiado en 2026. Minería, energía y petróleo seguirán traccionando actividad, apalancados en inversiones de largo plazo y demanda externa. Pero el consumo seguirá siendo el punto débil del modelo.
“La preocupación por el consumo atraviesa a todas las industrias”, advierte Campos. La expectativa es de un mercado interno estable, pero en niveles bajos. La reactivación depende casi exclusivamente de una baja de tasas y del regreso del crédito para familias. Sin financiamiento, el poder de compra difícilmente muestre una recuperación significativa.
Paradójicamente, con menos turbulencia política y macro, la debilidad del consumo podría quedar más expuesta este año.
Reformas o estancamiento
Para el socio de PwC, la estabilidad macro es condición necesaria, pero no suficiente. El verdadero punto de inflexión pasa por las reformas estructurales. “Con la estructura de costos actual, es casi imposible competir con productos importados”, advierte.
El paquete que el sector empresario considera imprescindible incluye tres ejes: reforma laboral, reforma fiscal profunda y un proceso sostenido de desregulación. El 2026 es visto como una ventana política difícil de repetir. “Si este año no se dan esas reformas estructurales, probablemente no se den nunca”, es la definición que circula en el mundo corporativo.

Inversores mirando, pero esperando
En el plano internacional, Argentina volvió al radar. Fondos y multinacionales la observan como un mercado emergente con potencial, especialmente en sectores ligados a recursos naturales y energía. Sin embargo, el desembarco masivo de capitales todavía no se materializa.
Las grandes compañías esperan señales más contundentes en materia de reglas de juego. En este esquema, la relación con Estados Unidos aparece como un sostén clave. El respaldo financiero de fines de 2025 fue determinante para calmar los mercados y es visto como una pieza relevante para consolidar el actual programa económico.
Buen humor, pero con una deuda pendiente
A nivel empresarial, el clima es claramente mejor que en años anteriores. Se destacan como avances la mayor apertura comercial, la posibilidad de pagar dividendos, importar con menos trabas y operar con mayor libertad financiera. La agenda de desregulación también es leída como un giro estructural promercado.
El desafío, sin embargo, es que la macro ordenada empiece a derramar en la micro. Es decir, que el nuevo esquema logre traducirse en más actividad, más empleo y mejora del poder adquisitivo. Sin ese puente, el optimismo empresario podría chocar con una sociedad que todavía no percibe recuperación.
Por ahora, la sensación dominante en el mundo corporativo es de oportunidad. Menos ruido político, mayor previsibilidad y expectativas de reformas configuran un 2026 que puede marcar un punto de inflexión. Pero la advertencia es clara: sin cambios estructurales, la estabilidad podría convertirse apenas en una pausa, y no en el inicio de un nuevo ciclo de crecimiento sostenido.





